1º relato: Fuegos de medianoche

Caminaba despacio por la calle, marcada por los latidos de un corazón aún no acostumbrado a mis prácticas nocturnas. Sólo se escuchaba el retumbar del eco de mis pasos a cada choque que mis tacones conferían al empedrado. Ni si quiera fui consciente del helor de la noche que se colaba a través del tejido de mis bragas usadas hasta que salí de mi trance y una farola centelleante, al final de aquella oscura calle, me indicó que ya había llegado al lugar de la cita.

La calle oscura donde se encuentran mis bragas usadas

El edificio parecía sucio e incluso desgastado, pero poco más pude llegar a ver de las condiciones a las que me enfrentaba porque mi cliente ya se encontraba delante de mis ojos; ansioso por mi tardanza. Aquella impuntualidad era algo táctico que me permitía analizar el perfil de los hombres a los que me enfrentaba. Unos ojos rasgados me desnudaban con la mirada mientras la impaciencia se borraba de su rostro, era un señor de unos 40 años, con manos bastas y rudas que me indicaron que probablemente se dedicara a la construcción o a la labranza. No era el primero, muchos padres de familia arruinados por la crisis terminaban en un pozo negro; con pase VIP a la trastienda de mi profesión.

Muchos años atrás, mi sueño de ser actriz se vio empañado cuando llegó a mi la noticia de que mi desaparecido padre quería conocerme. Por aquel entonces, con tan solo 15 años de edad, las advertencias de mi madre sobre su naturaleza fueron algo irrelevante para una niña ansiosa del amor paternal que nunca tuvo.

Un monstruo en la noche, fetiche de mis bragas usadas.

Nunca llegué a imaginar que aquel hombre al que idealicé durante años era un monstruo de la noche, un ser sin escrúpulos capaz de llevar a su propia sangre al borde de la putrefacción, un depredador de almas que abusó de mi madre y después quiso regodearse de ello con mi presencia mientras nos arrancaba de cuajo la ropa interior para regodearse de nuestras bragas usadas.          

Y allí, frente a él, un caramelito preadolescente sin desenvolver…Me engañó, me utilizó, manipuló mi cariño incondicional para justificar sus abusos. Fue así, mientras mi madre era consumida por su enfermedad y el impotente impulso de salvarme de sus garras, como asistí a su entierro horas antes de mi primera vez como prostituta.

Vistiendo mis bragas usadas

Cada noche los lamentos de conciencia punzaban mis recuerdos culpándome de la muerte de mi madre. Sin embargo, injusto mundo aquel que mantenía sano aquel violento animal que dejaba su huella en mi cuerpo gris como si de un ejemplar de rebaño se tratara. Hubiera soportado cada uno de sus golpes y embestidas por recuperar la vida de mi madre, la vida de una gran mujer de corazón tan frágil como profundo, la vida que se le fue apagando cual llama olvidada y aturdida por los azotes del vendaval.

Aquellos recuerdos eran algo lejanos, me mantenían con vida mientras planeaba mi huida hacia delante, este sería mi último encuentro, la última suma de dinero que esta vez iría a parar al fin de su propia muerte.

La eyaculación precoz, la debilidad de mis bragas usadas.

Genial, un eyaculador precoz era justo lo que necesitaba. Llegué incluso a percibir como la lástima que en un principio sentía por aquel robusto hombre se convertía en gratitud por el repentino fin de aquel repugnante acto. Tras recibir el dinero partí hacía mi lugar de origen al que jamás llamé casa, un lúgubre apartamento taciturno producto de la inestabilidad de la personalidad de su dueño. Abrí sigilosamente la puerta y recorrí la estancia lentamente. El silencio no me gustaba…un tirón en mi brazo me hizo rebotar hacia la pared y darme cuenta de la presencia de mi victima, Agradecí que su atención sólo se hubiera fijado en el dinero y no en la arma blanca que escondía en mi abrigo.

Estaba demasiado borracho para atacarme esa noche, las botellas narcotizadas por mí aquella mañana habían logrado el efecto. Todo salía a pedir de boca.

De repente, fui agarrada desde detrás y una mano tapó mi boca mientras la otra buscaba bajo mi vestido para sacarme a toda costa las bragas usadas que tanto ansiaba…¡¡No podía ser!! ¡¡Me aseguré de las cantidades!! Pero mis lamentos fueron vanos ante la perseverancia de aquel monstruo. Forcejee para desatarme de sus garras y alcanzar al bolsillo de mi abrigo pero caí de bruces con un golpe seco de mi atacante.

Se abalanzó sobre mí y examinando con malicia la partes enmoratadas de mi figura, quiso agudizarlas a golpes para que perdiera la poca fuerza que mi cuerpo aún poseía.  Un escalofriante escozor envolvió mis carnes opacas en aquel momento, las fuerzas me flaqueaban, no sentía terminación nerviosa alguna en mis brazos así que reuní aquella energía que mi cuerpo estaba reservando para aquel día y golpee con  mi rodilla su entrepierna. Sorprendido por mi insumisión y retorcido de un dolor agudo, conseguí quitármelo de encima y alcanzar al cuchillo; mi única esperanza.

No podía ser tan difícil desgarrar las entrañas de un desecho social como era aquel, pero mi manos flaqueaban y no tardaría mucho en recomponerse de mi ataque. Aturdida, empuñé el arma y deje que se hundiera en su vientre. Sentí cómo penetraba y se topaba con sus órganos, pero frenética por dar muerte a la razón de mi desgracia, la hundí todo lo que mis temblorosos brazos me dejaron. Y allí, sangrante, jadeaba de dolor mi agresor; ahora mi víctima.

Poco me importaron los tres años de juicios por aquella muerte, ni siquiera era comparable la cárcel al calvario que sufrí. Pero conseguí pagar un abogado que justificara el asesinato en defensa propia, aportando pruebas médicas de la violencia que quedó grabada en mi cuerpo. Un abogado que pagué con un dinero empañado por la prostitución pero que fue destinado al bautizo de mi nueva vida, dicen las lenguas populares que no hay mal que por bien no venga, pues bien, gracias a todo lo que sufrí conseguí encontrar en las bragas usadas una vía de ingresos satisfaciendo los deseos ocultos de otros hombres.

Llevando bragas usadas

Tres duros años en los que conseguí un pequeño trabajo como dependienta que conseguía pagarme el pan de cada día. Sin embargo, me sentía vacía, vacía de cariño, vacía de presencia humana, incluso de sexo…

El repudio que sentía ante el acto sexual se fue aplacando con el tiempo, fue disminuyendo hasta que una noche sentí la necesidad de recuperarlo. Pensé fríamente en que el privilegio de mi nueva vida era posible gracias a que mi nacimiento tuvo lugar por una cadena de millones de coitos: del de mi madre, y de los dos de mis abuelos, y de los cuatro de mis bisabuelos, y de los ocho coitos de mis ocho tatarabuelos. El azar propuso y el sexo dispuso que yo merecía la vida. Entre tantos azares, ¡es casi imposible que haya existido! Soy tan, tan improbable que, ya que existo, ¡voy a aprovecharlo!

Placeres de la vida entre mis bragas usadas.

Entonces me dediqué en cuerpo y alma a probar todos los placeres de la vida, a aplacar mi sed sexual desde esa noche en la que decidí masturbarme con el olor de mis propias bragas usadas con toda la excitación de mi sed de venganza, ahora era yo que tenía el control. Salía a cazar hombres de discoteca, descubrí el placer de arañar sus esculpidos torsos, la orgásmica sensación de tener entre mis piernas a un objeto de deseo, los gemidos llegaron a ser mi nueva lengua y sin darme cuenta volví a los encuentros nocturnos.

Mis bragas usadas en los talones

Entonces el dinero me escaseaba y mi actitud hedonista se vio perjudicada por la falta de ingresos. Me anuncié en el periódico y lo demás cayó por su propio peso, elegía a mis clientes, disfrutaba de mi trabajo y me especialicé en el arte de una parcela del fetichismo. Así forjé un negocio basado en la prostitución de lujo que me logró colocar entre la jet set de la ciudad.

Un día, pintaba mis labios de rojo carmín frente al espejo del hotel mientras un cliente semidesnudo, de elevado poder adquisitivo, preparaba su dinero en la cama de aquella habitación mientras mis bragas usadas colgaban de su recién descargado pene erecto.                                                                                                                                                                                               Aquel hombre de mirada lánguida pidió una felación simple con las bragas usadas en su boca pero ni si quiera llegó a tocarme, me pareció desconcertante el dolor que irradiaba la profundidad de su mirada, la oscura esencia de la expresión de su cara, la frialdad de su pene erecto en contacto con mis húmedos labios.

Sus rasgos misteriosos despertaron una intranquilidad en mi que me hizo salirme del protocolo habitual

– ¿No te ha gustado? Pareces molesto. Sus ojos escrutaron la inquietud de mi llamada de atención y sonrió levemente mientras intentaba complacerme, pero acto seguido se dio cuenta de su nulo resultado y se acercó a mí.

–Tu erótica sensualidad despierta en mí un arduo deseo sexual, pero no es de ello de lo que mi alma carece-. Sentí la necesidad de explorar el alma de aquel individuo que me atrapaba en su hechizo, en su halo de misterio.

-¿Entonces cuál es la razón de mi contrato? Perdona si me entrometo, pero pareces afligido por algo.

-Intento paliar el deseo corporal, pero ningún placebo subsana la falta de amor-. Sentí un impulso de acariciarle, pero me cogió la muñeca y tras un gesto de negación replicó- ¿Qué es primero para ti, el sexo o el amor?

No podía creer que de repente soltara aquella pregunta, ni si quiera sabía con certeza qué era el amor, se percató de mi gesto contrariado y añadió:

– Para la especie, el sexo. Para el individuo, el amor. Un acto sexual te trajo aquí, pero lo primero que descubriste aquí fue el amor de tu madre. El sexo es una pulsión corporal que, sublimada en sentimiento, deviene amor.

Parecían tan complicadas esas palabras…Su rostro me imantaba, necesitaba poner fin a ese gesto de dolor que antes acallé introduciendo mis bragas usadas en toda la abertura de su boca.

No sabía si su gesto era fruto de una ruptura, de falta de afecto, de una personalidad fría o de incluso algo más profundo. Nos sentamos en la cama en un silencio que rompió el eco de mis palabras:

-Nunca he sentido amor por una persona con la que practicase sexo, quiero entender la razón de lo que anhelas pero no lo comprendo. No sé que es el amor, la pareja.- Entonces fue su mano la que acarició mi rostro, una electricidad en mi cara envolvió las terminaciones sensoriales de mi cuerpo al sentir el calor de su mano; y no pude evitar un suave jadeo.

-Es complicado, conversas de filosofía con tu pareja en el desayuno, y le sueltas obscenidades por la noche… ¡y no le disgusta!.-vi como sonrió por primera vez desde que le conocía.

-Entonces, ¿ ves obsceno lo que hago?-.dije.

-El buen sexo debe ser obsceno. Sin tabú no hay transgresión, y sin transgresión no hay erotismo. Somos animales eróticos porque somos animales morales. Por ser animales morales tenemos pudores, y por tener pudores somos animales eróticos: si todos fornicásemos públicamente sin pudores…, ¿dónde estaría el erotismo? Entre pudor y erotismo, aquí estamos.

-Y las mujeres inventaron el amor. A una humanidad sólo masculina le hubiese bastado el sexo, la guerra y el fútbol. Para vosotras no era suficiente: amasteis a vuestros hijos. Y enseñasteis a amar a vuestras parejas y a vuestros hijos. Una mujer nos ha enseñado a todos a amar. La mayoría de los varones abraza el amor para obtener sexo, la mayoría de las mujeres abraza el sexo para obtener amor.

Cada una de sus inteligentes palabras me golpeaba el corazón creándome una necesidad de él, de su presencia. Nos quedamos toda la noche hablando, él me explicaba:

-“La vida oscila entre el sufrimiento y el tedio”. O sea, entre el deseo de lo que falta y la falta de deseo.

Después de ese encuentro regresé a casa sin mis bragas usadas pero con muchas cosas en las que pensar, descubrí que aquel hombre era un psicólogo de prestigio y que su personalidad me envolvía en un hechizo que me tuvo toda la noche en vela. Me retorcía entre las sábanas pero sólo lograba pensar aún más en volver a verle y deleitarme con sus bellas palabras. Quería que me explicara más sobre el amor, lo ansiaba. Fantasee con que me llamaba y me pedía un “completo” para poder tenerle entre mis piernas, imaginé que me penetraba con delicadeza y contundentemente…y caí en mi propio sueño.

Pasaron los días pero él no llamaba y yo cada vez necesitaba verle con mayor fuerza, era como una droga para mi, una droga igual que las bragas usadas lo fueron para mi padre. Sabía que era una estupidez pero lo llamé y le dije a su secretaria que quería una cita en su consulta.

Y ahí estaba yo, nerviosa, en la sala de espera después de tres horas desechando qué ponerme esa tarde. Entonces llegó mi turno y la habitación empezaba a darme vueltas; no sabía que decirle, cómo no parecer estúpida… pero su sonrisa iluminó mi cara al verme. De repente, una frase salió a borbotones de mi boca como si llevara queriendo salir por mucho tiempo:

– “Te deseo”.

No podía contenerme, clavé mi mirada en sus ojos y profundicé en ellos mientras me acercaba. Agarré su nuca mientras presionaba mis pechos contra su torso y le besé.

Acto seguido su instinto animal se hizo con él, me agarró por la cintura y me empujó hacia el diván. Noté como se humedecía mi entrepierna mientras me desnudaba y su lengua recorría mi paladar arduamente, estaba deseando que llegase a quitarme mis bragas usadas para que se deleitara con el trofeo de lo que hacía conseguir en mi.

Recorrió con sus manos mi cuerpo desnudo y dibujó una sonrisa pícara al encontrarse con semejante excitación vaginal. Entonces metió sus dedos inesperadamente en mi vagina y me doblé de placer mientras tapaba mi boca jadeante. Los movía enérgicamente hasta que sus manos chorrearon y decidió que era momento de penetrar.

La inflamación de su pantalón quedó desnuda por poco tiempo, una rápida embestida me hizo apretar mi cuerpo al suyo y arañar su espalda mientras mi vagina se contraía ante tal nivel de excitación. Gemía y gemía, de placer, por sus ritmos de vaivén que cada vez eran más intensos.Llevando mis bragas en la mano

La rigidez de su miembro era cada vez más evidente y yo no podía parar de convulsar para exprimirle.

Los muslos de ambos chorreaban y las penetraciones cada vez eran más fuertes y animales. Entonces me retorcí en un grito de placer cuando sentí el calor de su semen entrar fiero dentro de mi. Nunca había experimentado tal sensación, en ese momento no podía creerme cómo había podido vivir antes sin ello.

Desanclé mis piernas de su espalda mientras mi agitada respiración intentaba sosegarse, buscando a tiendas, a la vez, mis bragas usadas. Me abrazó, le acaricié y me di cuenta de que mi estado de éxtasis no era sólo por un orgasmo salvaje. Descubrí el sexo con amor.

Besitos,

Miss Bragas Usadas.

Deja un comentario

*